GRACIA SIN MEDIDA Y SIN PRECIO

"Empero a cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo" (Efe. 4:7). La medida del don de Cristo es "toda la plenitud de la divinidad corporalmente". Eso es cierto, tanto si se considera desde el punto de vista del don que Dios hizo al dar a Cristo, como de la medida del don de Cristo, al darse a sí mismo. El don de Dios fue su Hijo unigénito, y "en Él habitaba toda la plenitud de la divinidad corporalmente". Por lo tanto, puesto que la medida del don de Cristo es la medida de la plenitud de la divinidad corporalmente, y dado que esa es la medida de la gracia que nos es dada a cada uno de nosotros, se deduce que a cada uno se nos da gracia sin medida, gracia ilimitada.

Desde el punto de vista de la medida del don por el que Cristo se nos da a nosotros, sucede lo mismo; "Se dio a sí mismo por nosotros", se dio por nuestros pecados, y en ello, se dio a sí mismo a nosotros. Puesto que en Él habitaba toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y puesto que se dio a sí mismo, concluimos que la medida del don de Cristo, en lo que a Él respecta, no es otra cosa que la plenitud de la divinidad corporalmente. La medida, pues, de la gracia que se nos da a cada uno, es la medida de la plenitud de su divinidad. Sencillamente, inconmensurable.
Se mire como se mire, la clara palabra del Señor es que a cada uno de nosotros es dada la gracia según la medida de la plenitud de la divinidad corporalmente; es decir, gracia sin medida, sin límites: toda su gracia. Eso es bueno. Es cosa del Señor, es propio de Él, ya que Él es bueno.

Toda esa gracia ilimitada se nos da enteramente de forma gratuita "a cada uno de nosotros". A todos, a ti y a mí, tal como somos. Todo eso es bueno. Necesitamos precisamente toda esa gracia a fin de ser hechos lo que el Señor quiere que seamos. Y Él es tan condescendiente como para dárnoslo todo gratuitamente, para que verdaderamente podamos ser lo que Él quiere.

El Señor quiere que cada uno de nosotros seamos salvos, plenamente salvos. Y con ese fin nos ha dado la misma plenitud de la gracia, ya que es la gracia la que trae la salvación. Está escrito, "la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó" (Tito 2:11). Así, el Señor quiere que todos sean salvos, por lo tanto dio toda su gracia, trayendo salvación a todos los hombres. Toda la gracia de Dios se da gratuitamente a cada uno, trayendo salvación a todos los hombres. El que la reciban todos, o solamente algunos, es otra cuestión. Lo que ahora estamos considerando es la verdad y el hecho de que Dios la ha dado. Habiéndolo dado todo, no queda ninguna duda, aun siendo cierto que el hombre pueda rechazarlo.

El Señor quiere que seamos perfectos, y así está escrito: "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto". Deseando que seamos perfectos, nos ha dado a cada uno toda su gracia, trayendo la plenitud de su salvación a fin de presentar a todo hombre perfecto en Cristo Jesús. El auténtico propósito de ese don de su gracia infinita es que podamos ser hechos semejantes a Jesús, quien es la imagen de Dios. Así pues, leemos: "A cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo… para perfección de los santos… hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo".

¿Quieres ser semejante a Jesús? Recibe la gracia tan plena y libremente dada. Recíbela en la medida en que Dios la ha dado, no en la medida en la que tú piensas que la mereces. Entrégate a ella, a fin de que pueda obrar por ti, y en ti, el asombroso propósito para el que ha sido dada, y así sucederá. Te hará semejante a Jesús. Cumplirá el propósito y la voluntad de Aquel que la dio. "Entregaos a Dios". "Que no recibáis en vano la gracia de Dios".
Review and Herald, 17 abril 1894

?GRACIA O PECADO?

Nunca insistiremos demasiado en que bajo el reino de la gracia es tan fácil hacer el bien, como bajo el reino del pecado es hacer el mal. Tiene que ser así; ya que si en la gracia no hay más poder que en el pecado, no puede haber salvación del pecado. Pero la hay, ninguno que crea en Cristo puede negarlo.

La salvación del pecado depende de que haya más poder en la gracia que en el pecado. Siendo así, allí donde sea el poder de la gracia el que tenga el control, será tan fácil la práctica del bien, como lo es la del mal en ausencia de ésta.

Ningún hombre encontró difícil hacer el mal, de forma natural. Su gran dificultad ha sido siempre hacer el bien. Eso es así porque de forma natural el hombre es esclavo de un poder –el poder del pecado–, que es absoluto en su reino. Y por tanto tiempo como ese poder gobierne es, no ya difícil, sino imposible hacer el bien que sabe y desea. Pero permítase que gobierne un poder superior a ese, y entonces ¿no está claro que será tan fácil servir a la voluntad del poder superior, cuando este gobierna, como lo fue el servir a la voluntad del otro poder, cuando reinaba?

Pero la gracia no es simplemente más poderosa que el pecado. Si eso fuese realmente todo lo que hay, incluso sólo con eso habría ya esperanza plena y ánimo para todo pecador en el mundo. Pero eso, por bueno que sea, no lo es todo; hay más: Hay mucho más poder en la gracia del que hay en el pecado. "Donde se agrandó el pecado, tanto más sobreabundó la gracia". Y de la misma forma en que hay mucho más poder en la gracia que en el pecado, así también sobreabunda la esperanza y el ánimo para todo pecador en el mundo.

Entonces, ¿cuánto más poder hay en la gracia que en el pecado? Permíteme que piense un momento. Permíteme que me haga un par de preguntas. ¿De dónde viene la gracia? –de Dios: "Gracia y paz de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo". ¿De dónde procede el pecado? –del diablo, desde luego. El pecado viene del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Pues bien, está tan claro como que dos y dos suman cuatro, que hay tanto más poder en la gracia que en el pecado, como tanto más poder hay en Dios que en el diablo. Queda igualmente claro que el reino de la gracia es el reino de Dios, y que el reino del pecado es el reino de Satán. ¿No resulta igualmente patente que es tan fácil servir a Dios por el poder de Dios, como fácil era servir a Satán por el poder de éste?

La dificultad está en que muchos intentan servir a Dios con el poder de Satán. Y eso es imposible. "O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol corrompido y su fruto dañado". El hombre no puede coger uvas de los espinos, ni higos de los abrojos. El árbol debe ser hecho bueno, raíz y rama. Tiene que ser renovado. "Es necesario nacer de nuevo". "Porque en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino la nueva criatura". Que nadie pretenda servir a Dios con nada que no sea el poder real y viviente de Dios, que lo hace una nueva criatura; con nada que no sea la gracia superabundante que condena el pecado en la carne, y que reina en justicia para vida eterna, por Cristo Jesús Señor nuestro. Entonces el servicio a Dios será verdaderamente "en novedad de vida"; entonces su yugo vendrá a ser "fácil" en verdad, y su carga "ligera". Entonces os alegraréis "con gozo inefable y glorificado" en su servicio.
¿Encontró Jesús alguna vez difícil hacer el bien? Todos diremos rápidamente, No. Pero ¿por qué? Él fue tan humano como lo somos nosotros, tomó la misma carne y sangre que nosotros. "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros". Y el tipo de carne que "fue hecho" fue precisamente el que existía en este mundo. "Debía ser en todo semejante a los hermanos". ¡"En todo"! No dice en casi todo. No hay excepción. Fue hecho en todo como nosotros. Por Él mismo, era tan débil como lo somos nosotros, ya que dijo: "No puedo yo de mí mismo hacer nada".

¿Por qué, pues, siendo hecho en todo como nosotros, le fue siempre fácil hacer el bien? Porque nunca confió en sí mismo, sino que su confianza fue siempre solamente en Dios. Dependió enteramente de la gracia de Dios. Siempre buscó servir a Dios, solamente con el poder de Dios. Por lo tanto, el Padre moró en Él, e hizo las obras de justicia. Por lo tanto, siempre le resultó fácil hacer el bien. Pero como Él, así estamos nosotros en este mundo. Nos ha dejado un ejemplo, para que podamos seguir sus pasos. "Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad", lo mismo que sucedió con Él. A Él ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; y desea que seamos "corroborados con potencia en el hombre interior por su Espíritu", "conforme a las riquezas de su gloria". "En Él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente"; y Él os corrobora con potencia en el hombre interior por su Espíritu, para "que habite Cristo por la fe en vuestros corazones", "para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios".
Cierto, Cristo participó de la naturaleza divina, y así lo hacéis vosotros, si sois hijos de la promesa, y no de la carne; ya que mediante las promesas sois "hechos participantes de la naturaleza divina". Nada se dio a Cristo, en este mundo, y nada tenía, que no te sea dado gratuitamente, o que no puedas tener.

Todo eso es con el fin de que puedas andar en novedad de vida, no sirviendo así al pecado; para que seas siervo únicamente de la justicia; para que puedas ser liberado del pecado; para que el pecado no tenga dominio sobre ti; para que puedas glorificar a Dios en la tierra; y para que puedas ser semejante a Jesús. Por lo tanto, "a cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo… hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo". Y "os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios".
Review and Herald, 1 setiembre 1896

NO RECIBÁIS EN VANO LA GRACIA DE DIOS


¿Está al alcance de todo creyente la gracia suficiente para guardarlo del pecado? Sí, ciertamente. Todos pueden tener la gracia suficiente para ser guardados de pecar. Se ha dado gracia abundante, y precisamente con ese propósito. Si alguien no la posee, no es porque no se haya dado suficiente medida de ella; sino porque no toma aquello que se dio. "A cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo" (Efe. 4:7). La medida del don de Cristo es Él mismo en su plenitud, y es la medida de "toda la plenitud de la divinidad corporalmente".
La plenitud de la divinidad es realmente inconmensurable, sin medida; no conoce límites, es simplemente lo infinito de Dios. Y esa es precisamente la medida de la gracia que se nos da a cada uno de nosotros. La infinita medida de la plenitud de la divinidad es lo único que puede expresar la proporción de gracia que se da a cada habitante de este mundo. "Donde se agrandó el pecado, tanto más sobreabundó la gracia". Esa gracia se da "para que, de la manera que el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna por Jesucristo Señor nuestro", y para que el pecado no se enseñoree de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

Es también dada "para perfección de los santos". Su objetivo es llevar a cada uno a la perfección en Cristo Jesús –a esa perfección que es la medida plena de Dios, ya que se da para la edificación del cuerpo de Cristo, "hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento el Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo". Es dada "a cada uno de nosotros", "hasta que todos lleguemos" a la perfección, la medida de la edad de la plenitud de Cristo. Se da esa gracia a cada uno, allí donde el pecado abundó; y trae salvación a todo aquel al que se da. Llevándola en sí misma, la medida de la salvación que trae a cada uno es la medida de su propia plenitud, que no es otra que la plenitud de la divinidad.

Puesto que se da gracia ilimitada a cada uno, trayendo salvación según la medida de su propia plenitud, si alguno no tiene salvación ilimitada, ¿por qué razón será? Solamente puede ser porque no toma lo que se le da.

Puesto que a cada cual es dada la gracia sin medida, a fin de que reine contra todo el poder del pecado –tan ciertamente como antes reinó el pecado– y a fin de que el pecado no tenga el dominio; si éste tiene todavía el dominio en alguno, ¿donde radicará el problema? Sólo puede radicar en esto: en que no permita que la gracia obre por él, y en él, aquello para lo que fue dada. Frustra la gracia de Dios por su incredulidad. En lo que a él concierne, la gracia de Dios se ha dado en vano.

Pero todo creyente, por su profesión, da fe de que ha recibido la gracia de Dios. Por lo tanto, si en el creyente no reina la gracia en lugar del pecado; si la gracia no tiene dominio sobre el pecado, está claro que está recibiendo en vano la gracia de Dios. Si la gracia no está elevando al creyente hacia un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo, entonces está recibiendo en vano la gracia de Dios. De ahí que la exhortación de la Escritura sea: "Como ayudadores juntamente con Él, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios" (2 Cor. 6:1).

La gracia de Dios es totalmente capaz de cumplir aquello para lo que se dio, con tal que se le permita obrar. Hemos visto que, puesto que la gracia proviene de Dios, el poder de la gracia no es otro que el poder de Dios. Está claro que el poder de Dios es sobradamente capaz de cumplir todo aquello para lo que fue dado –la salvación del alma, liberación del pecado y del poder de éste, el reino de la justicia en la vida y el perfeccionamiento del creyente según la medida de la estatura de la plenitud de Cristo–, con tal que encuentre lugar en el corazón y en la vida, para obrar de acuerdo con la voluntad de Dios. Pero el poder de Dios lo es "para salud a todo aquel que cree". La incredulidad frustra la gracia de Dios. Muchos creen y reciben la gracia de Dios para los pecados pasados, pero se contentan con eso, y no permiten que el reinado de la gracia contra el poder del pecado ocupe en su alma el mismo lugar que tuvo para salvarle de los pecados pasados. Esa no es sino otra fase de la incredulidad. Así, en lo que respecta al gran objetivo final de la gracia –la perfección de la vida a la semejanza de Cristo–, prácticamente reciben la gracia de Dios en vano.

"Como ayudadores juntamente con Él, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios. (Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salud te he socorrido: he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el tiempo de salud): No dando a nadie ningún escándalo, porque el ministerio nuestro no sea vituperado". Ahora, ese "ministerio" no se refiere solamente al ministro ordenado para el púlpito; incluye a todo el que recibe la gracia, o que nombra el nombre de Cristo. "Cada uno según el don que ha recibido, adminístrelo a los otros, como buenos dispensadores de las diferentes gracias de Dios… si alguno ministra, ministre conforme a la virtud…". Por lo tanto, no es su voluntad que se reciba la gracia de Dios en vano, a fin de que esa gracia y su bendita obra no puedan ser falsamente representadas ante el mundo, y que eso impida que los hombres se rindan a ella. No quiere que nadie reciba la gracia de Dios en vano, ya que cuando así sucede, se ocasiona verdaderamente "escándalo" a muchos, y el ministerio de la gracia es vituperado. Sin embargo, cuando la gracia de Dios no se recibe en vano, sino que se le da el lugar que le corresponde, no se dará "a nadie ningún escándalo", y el ministerio, no solamente no será vituperado, sino que será honrado.

Y a continuación, para mostrar cuán completo y abarcante será el reino de la gracia en la vida de quien no la reciba en vano, el Señor ha enumerado la siguiente lista, que incluye todo aquello en lo que hemos de tenernos como aprobados ante Dios. Leámosla atentamente:
"En todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades y angustias, en azotes, en cárceles, en alborotos, en trabajos, en desvelos, en ayunos, en pureza, en conocimiento, en longanimidad, en bondad, en Espíritu Santo, en amor no fingido, en palabra de verdad, en poder de Dios, en armas de justicia a la derecha y a la izquierda, por honra y por deshonra, por infamia y por buena fama; como engañadores, pero hombres de verdad; como ignorados, pero bien conocidos; como muriendo, pero vivos; como castigados, pero no condenados a muerte; como tristes, pero siempre gozosos; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, pero poseyéndolo todo".

Esa lista incluye todas las experiencias posibles en la vida de un creyente, en este mundo. Muestra que allí donde no se reciba en vano la gracia de Dios, esta tomará posesión y control de la vida, de manera que toda experiencia será tomada por la gracia, y nos hará aprobados ante Dios, edificándonos en la perfección según la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. "Como ayudadores juntamente con Él, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios".
Review and Herald, 22 setiembre 1896

CARNE DE PECADO

Muchas personas caen en un error grave y pernicioso.

Consiste en pensar que su antigua carne de pecado es erradicada en la conversión.
En otras palabras, cometen el error de pensar que la carne les será quitada, quedando así liberados de ella.

Entonces, cuando comprueban que tal cosa no ha sucedido, cuando ven que la misma vieja carne pecaminosa con sus inclinaciones, con sus clamores y seducciones, está aún allí, no pueden aceptar eso; caen en el desánimo, y están prontos a concluir que jamás han estado realmente convertidos.

Sin embargo, si recapacitasen un poco, podrían darse cuenta de que todo eso es un error. ¿Acaso no posees exactamente el mismo cuerpo, tras haber sido convertido, que el que tenías antes de la conversión? ¿No estaba compuesto exactamente del mismo material –carne, huesos, sangre– antes y después de convertirte? A esas preguntas todo el mundo contestará afirmativamente. Y con razón.

Hagámonos más preguntas: ¿No es esa carne exactamente de la misma cualidad que la anterior? ¿No sigue siendo carne humana, carne natural, tan ciertamente como antes? –A esas preguntas también responderán todos con un ‘Sí’.

Aún otra pregunta más: Siendo la misma carne, de la misma cualidad –carne siempre humana–, ¿no sigue siendo carne tan pecaminosa como la anterior?

Aquí precisamente es donde radica el error de esas personas. A ésta última pregunta, se sienten inclinados a responder, ‘No’, cuando debiera darse un ‘Sí’ decidido. Y eso, por tanto tiempo como permanezcamos en este cuerpo natural.

Cuando se acepta y reconoce constantemente que la carne de la persona convertida sigue siendo carne de pecado, y nada más que carne de pecado, uno está tan plenamente convencido de que en su carne no mora el bien, que jamás permitirá ni una sombra de confianza en la carne. Siendo así, su sola dependencia será en algo muy distinto de la carne, que es en el Espíritu Santo de Dios; la fuente de su fortaleza y esperanza estará siempre fuera de la carne, estará exclusivamente en Jesucristo. Y estando siempre en guardia, vigilante y desconfiado de la carne, no esperará ninguna cosa buena a partir de ella, estando así en disposición –mediante el poder de Dios– para rechazar de raíz, y aplastar sin compasión cualquier impulso o sugerencia que provengan de ella. De esa manera, no cae, no se desanima, sino que va de victoria en victoria y de fortaleza en fortaleza.

Ves, pues, que la conversión no pone carne nueva sobre el antiguo espíritu, sino un nuevo Espíritu sobre la vieja carne. No se trata de una carne nueva sobre la antigua mente, sino una mente nueva sobre la antigua carne. La liberación y la victoria no tienen lugar por la eliminación de la naturaleza humana, sino mediante la recepción de la naturaleza divina, para dominar y subyugar a la humana. No tiene lugar quitando la carne de pecado, sino enviando el Espíritu sin pecado, que conquista y condena al pecado en la carne.

La Escritura no dice. ‘Haya pues en vosotros esta carne que hubo también en Cristo’, sino que dice, "Haya pues en vosotros este sentir [literal: mente] que hubo también en Cristo Jesús" (Fil. 2:5).

La Escritura no dice, ‘transformaos por la renovación de vuestra carne’, sino "transformaos por la renovación de vuestra mente" (Rom. 12:2). Seremos finalmente trasladados por la renovación de nuestra carne, pero debemos ser transformados por la renovación de nuestra mente.

El Señor Jesús tomó la misma carne y sangre, la misma naturaleza humana que es la nuestra –carne como nuestra carne pecaminosa–, y a causa del pecado, y mediante el poder del Espíritu de Dios, por la mente divina que en Él había, "condenó al pecado en la carne" (Rom. 8:3). Y ahí está nuestra liberación (Rom. 7:25), ahí nuestra victoria. "Haya pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús". "Y os daré corazón nuevo, y pondré Espíritu nuevo dentro de vosotros".

Nunca te desanimes a la vista de la pecaminosidad de la carne. Es solamente a la luz del Espíritu de Dios, y por el discernimiento de la mente de Cristo que puedes ver tanta pecaminosidad en tu carne; y cuanta más de ella veas, ciertamente más del Espíritu de Dios tienes. Es un indicativo seguro. Por lo tanto, cuando ves abundante pecaminosidad en ti, agradece a Dios por haberte dado el Espíritu de Dios que te ha permitido descubrirla; y ten la seguridad de que "donde se agrandó el pecado, tanto más sobreabundó la gracia; para que, así como el pecado reinó para muerte, la gracia reine por medio de la justicia, para vida eterna, mediante nuestro Señor Jesucristo".
Review and Herald, 18 abril 1899

NO AL FORMALISMO (I)

El incrédulo Israel, careciendo de la justicia que es por la fe, y por lo tanto, no apreciando el gran sacrificio que hizo el Padre celestial, buscaba la justicia en virtud de ofrecerse a sí mismo, y en virtud del mérito de presentar tal ofrenda.

Se llegó así a pervertir cada fase del servicio, y todo lo que Dios había instituido como un medio de expresar la fe viviente, aquello que carecería de todo significado de no ser por la presencia y el poder de Cristo mismo en la vida. Y no solamente eso. No encontrando la paz y el gozo de una justicia satisfecha en nada de lo anterior, acumuló sobre eso lo que el Señor había establecido con otro propósito, pero que ellos pervirtieron según designios de su propia invención –añadieron a esas cosas diez mil tradiciones, ordenanzas y distinciones caprichosas de su propia imaginación–, y todo, todo, con la vana esperanza de alcanzar la justicia. Los rabinos enseñaban lo que prácticamente viene a ser una confesión de desesperación: "Si una persona pudiese por un solo día guardar toda la ley, sin ofender en ningún punto… Incluso si pudiese guardar ese punto de la ley que tiene que ver con la debida observancia del sábado, entonces terminarían los problemas de Israel, y el Mesías vendría por fin" (Farrar, Life and Work of St. Paul, p. 37. Ver también p. 36 y 83). ¿Qué podría describir el frío formalismo más adecuadamente que eso? Sin embargo, a pesar de esa reconocida carencia en sus vidas, se atribuían aún el mérito suficiente como para tenerse por mucho mejores que los demás, quienes resultaban no ser mejores que los perros, al ser comparados con ellos.

No sucede tal cosa con quienes son tenidos por justos por el Señor, sobre una libre profesión de fe, ya que cuando el Señor tiene a un hombre por justo, este es realmente justo ante Dios, y por eso mismo es separado de entre todos los del mundo. Pero eso no sucede en virtud de ninguna excelencia en él mismo, ni por un "mérito" en nada de lo que haya hecho. Es exclusivamente por la excelencia del Señor, y por lo que Él ha hecho. Y la persona que disfruta de tal situación sabe que por él mismo no es mejor que ningún otro, sino que a la luz de la justicia de Dios que le es impartida gratuitamente, él, en la humildad de la verdadera fe, está pronto a estimar a los demás como mejores que él (Fil. 2:3).

Esa atribución de gran crédito por lo que ellos mismos habían hecho, así como el tenerse por mejores que todos los demás, basado en el mérito de sus realizaciones, los condujo directamente a la propia justicia farisaica. Se creían tan superiores a cualquier otro pueblo, que ni siquiera había base posible para la comparación. Les parecía una revolución absolutamente descabellada la predicación de la verdad de que "no hay acepción de personas para con Dios".

Y ¿qué hay de la realidad cotidiana de un pueblo tal, durante todo ese tiempo? –Oh, solamente una vida de injusticia y opresión, malicia y envidia, disensión y fingimiento, calumnia y habladuría, hipocresía y vileza; enorgulleciéndose de su alta estima por la ley de Dios, y deshonrando a Dios con infracción de la ley; con los corazones llenos de homicidios, maquinando para derramar la sangre de Uno de sus hermanos, mientras que se negaban a cruzar el pretorio, ¡"por no ser contaminados"! Defensores rigurosos del sábado, pero pasando todo el día espiando con malicia, y conspirando para asesinar.

Lo que Dios pensaba –y piensa aún– de todo eso, se muestra claramente, a efectos de lo que nos interesa ahora, en dos cortos pasajes de la Escritura. He aquí su palabra a Israel –las diez tribus– estando todavía en "tiempo aceptable": "Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me darán buen olor vuestras asambleas. Y si me ofreciereis holocaustos y vuestros presentes, no los recibiré; ni miraré a los pacíficos de vuestros engordados. Quita de mí la multitud de tus cantares, que no escucharé las salmodias de tus instrumentos. Antes corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo" (Amós 5:21-24).

Y a Judá, aproximadamente en la misma época, dirigió palabras similares:
"Príncipes de Sodoma, oíd la palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. ¿Para qué a mí, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Harto estoy de holocaustos de carneros, y de sebo de animales gruesos: no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. ¿Quién demandó esto de vuestras manos, cuando vinieseis a presentaros delante de mí, para hollar mis atrios? No me traigáis más vano presente: el perfume me es abominación: luna nueva y sábado, el convocar asambleas, no las puedo sufrir: son iniquidad vuestras solemnidades. Vuestras lunas nuevas y vuestras solemnidades tienen aborrecida mi alma: me son gravosas; cansado estoy de llevarlas. Cuando extendiereis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos: asimismo cuando multiplicareis la oración, yo no oiré: llenas están de sangre vuestras manos. Lavad, limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de ante mis ojos; dejad de hacer lo malo: Aprended a hacer bien; buscad juicio, restituid al agraviado, oíd en derecho al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dirá Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isa. 1:10-18).

El mismo Señor había establecido esos días de fiesta y esas solemnes asambleas, ofrendas ardientes, ofrendas de sacrificios animales y sacrificios pacíficos; pero ahora dice que las aborrece y que no las aceptará. Los suaves cantos, ejecutados por corales bien adiestradas y acompañadas de instrumentos musicales en pomposa exhibición, todo aquello que ellos tenían por delicada música, para Dios se había convertido en ruido, y no deseaba oírlo más.

Nunca había establecido ni un solo día de fiesta, asamblea solemne, sacrificio, ofrenda o canto, para un propósito como el que le estaban dando. Los había señalado como el medio de expresar, en actitud de adoración, la fe viviente por la cual el Señor mismo moraría en el corazón y obraría justicia en la vida, de forma que pudiesen oír con derecho al huérfano y amparar a la viuda; entonces el juicio podría correr como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo.

Los cantos elegantes y refinados, si son entonados en clave de exhibición vana, no son mas que ruido; mientras que la sencilla expresión, "Padre nuestro", brotando de un corazón tocado por el poder de la fe viviente y genuina, "pronunciada con sinceridad por labios humanos, es música" que llega a nuestro Padre celestial, quien "ha inclinado a mí su oído" (Sal. 116:2), y trae la divina bendición y fortaleza al alma.

Con ese fin, y no otro, fueron establecidas esas cosas; y jamás con la hueca pretensión de que el formalismo mortal instalado en la iniquidad de un corazón carnal, produjese la respuesta de justicia. Nada la produciría, excepto el lavacro de los pecados por la sangre del Cordero de Dios, y la purificación del corazón por la fe viviente; sólo eso podría hacer aceptables ante Dios todas aquellas cosas que Él mismo estableció.
Bible Echo, 28 enero 1895

NO AL FORMALISMO (II)

Incluso de este lado de la cruz, en la era en la que debería ser por siempre desechado, el mismo frío formalismo, la apariencia vacía, han sido exaltados y han afligido a la profesión de cristianismo por doquier. Muy pronto irrumpieron en la iglesia hombres no convertidos, y se exaltaron a sí mismos en el lugar de Cristo. No habiendo hallado la presencia viviente de Cristo en el corazón mediante una fe viva, procuraron conservar siempre las formas del cristianismo a modo de sustituto de la presencia de Cristo, el único que puede dar significado y vida a esas formas.

En ese sistema de perversidad, la regeneración tiene lugar mediante la formalidad del bautismo, e incluso eso, por la mera aspersión de unas gotas de agua; la presencia real de Cristo se encuentra en la "sagrada forma" de la Santa Cena; la esperanza de la salvación radica en estar conectado con una forma de la iglesia. Y así sucesivamente con toda la lista de las formas del cristianismo. No estando satisfechos con haber pervertido de esa manera las formas divinamente establecidas del cristianismo, añadieron a eso diez mil invenciones de su propia cosecha, como penitencias, peregrinajes, tradiciones y minucias caprichosas.

Y, como sucedía en la antigüedad –y ha sucedido siempre en el culto formalista–, la vida es una pura exhibición continuada de las obras de la carne: contiendas, pleitos, hipocresía e iniquidad, persecución, espionaje, traición y toda obra malvada. Tal es el papado.

El espíritu maligno del funesto formalismo se ha extendido, no obstante, mucho más allá de las fronteras del papado organizado. Aflige hoy por igual a toda profesión de cristianismo, en todo lugar. La profesión de cristianismo del mensaje del tercer ángel tampoco ha escapado totalmente. Vendrá a ser el mal prevaleciente en los últimos días, hasta la misma venida del Señor en gloria, en las nubes de los cielos.

"Esto también sepas, que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos: Que habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, detractores, desobedientes a los padres, ingratos, sin santidad, sin afecto, desleales, calumniadores, destemplados, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, arrebatados, hinchados, amadores de los deleites más que de Dios; teniendo apariencia de piedad, mas habiendo negado la eficacia de ella: y a estos evita" (2 Tim. 2:1-5).

Esa tan extendida forma de piedad desprovista de su poder, y que incluso lo niega, es el funesto formalismo contra el que tenemos que luchar la buena batalla de la fe. La fe viva que trae al mundo el mensaje del tercer ángel, tiene por fin el salvarnos de ser engullidos en esa marea mundial de formalismo mortífero.

Ahora, en lo que respecta a ti personalmente, ¿tienes un formalismo mortal, o una fe viviente? ¿Tienes la forma de la piedad sin su poder?, ¿o tienes, mediante una fe viviente, la presencia y el poder del Salvador viviendo en el corazón, dando divino significado, vida y gozo a todas las formas de adoración y servicio que Cristo estableció; y obrando las obras de Dios y manifestando los frutos del Espíritu en la totalidad de la vida?

Excepto como un medio de encontrar al Salvador viviente –Cristo, en la Palabra, y la fe viva de Él–, hasta esa misma Palabra podría venir a resultar hoy en un mortal formalismo, lo mismo que fue en lo antiguo cuando Él estuvo en la tierra. Les dijo entonces, "Escudriñad las Escrituras, porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí. Y no queréis venir a mí, para que tengáis vida" (Juan 5:39,40).

Ellos pensaban encontrar la vida eterna en las Escrituras sin Cristo, esto es, cumpliéndolas ellos mismos. Pero está escrito "que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo", cuando encontramos a Cristo en las Escrituras. No en la letra de las Escrituras sin Cristo, porque ellas son las que dan testimonio de Él. Ese es justamente el propósito de las Escrituras. Por lo tanto, "el que tiene al Hijo, tiene la vida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida" (1 Juan 5:11,12).

"La verdadera piedad eleva los pensamientos y acciones; entonces las formas externas de la religión armonizan con la pureza interior del cristiano; entonces las ceremonias que el servicio de Dios requiere no son ritos carentes de significado, como los de los fariseos hipócritas" (Spirit of Prophecy, vol. 2, p. 219).
Bible Echo, 4 febrero 1895

MINISTROS DE DIOS

A partir de la lista que Dios nos proporciona en 2ª de Corintios 6:1-10, queda claro que no hay nada que pueda sobrevenir a la vida del creyente en Cristo, que la gracia de Dios no pueda transformar en una bendición para él, y que no sirva para otra cosa que para avanzar hacia la perfección en Cristo Jesús. Eso, y no otra cosa, es lo que siempre hará la gracia de Dios, si el creyente permite que el Señor obre según su voluntad en la vida de él; si éste permite que la gracia reine. Es así que "todo esto es para vuestro beneficio"; y es así como "a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien". Eso es maravilloso, es realmente glorioso. Es la salvación misma. Es así como Dios hace que "siempre triunfemos en Cristo Jesús".

No obstante, eso no es más que la mitad de la historia. El propósito del Señor no es solamente salvar al que cree, sino emplearlo para ministrar a todos los demás el conocimiento de Dios, a fin de que ellos también puedan creer. No debemos pensar que la gracia y los dones del Señor son solamente para nosotros. Cierto, primeramente son para nosotros, pero eso es así con el propósito de que no solamente seamos salvos nosotros, sino con el fin de capacitarnos para ser una bendición a todos los demás al comunicarles el conocimiento de Dios. Debemos participar nosotros mismos de la salvación, antes de poder atraer a ella a los demás. Por lo tanto leemos: "Cada uno según el don que ha recibido, adminístrelo a los otros, como buenos dispensadores de las diferentes gracias de Dios". "Y todo esto es de Dios, el cual nos reconcilió a sí por Cristo; y nos dio el ministerio de la reconciliación".

Todo el que recibe la gracia de Dios, recibe a la vez con ella el ministerio o administración de esa gracia a todos los demás. Todo aquel que se encuentra reconciliado con Dios, junto a esa reconciliación, recibe el ministerio de la reconciliación a los otros. Aquí se aplica también la exhortación, "…que no recibáis en vano la gracia de Dios". ¿Estás participando de la gracia?
Entonces adminístrala a los otros; no la recibas en vano. ¿Fuiste reconciliado con Dios? Entonces sabe también que Él te encomendó el ministerio de la reconciliación. ¿Has recibido ese ministerio en vano?

Si no recibimos en vano la gracia de Dios, si le permitimos reinar, el Señor hará que nos presentemos en todo como ministros aprobados de Dios. Esa es la verdad. El Señor dice que es así, y así es. "Nos presentamos en todo como ministros de Dios". Es decir, estaremos en todo comunicando a otros el conocimiento de Dios. El Señor se propone, no sólo que "siempre triunfemos en Cristo Jesús" en lo referente a nosotros, sino también que manifestemos "el olor de su conocimiento por nosotros en todo lugar". Significa que su plan es que a través nuestro manifestemos a todos, y en todo lugar, el conocimiento de Él.

No lo podemos lograr por nosotros mismos. Él lo hará por medio de nosotros. Debemos cooperar con Él. Debemos ser sus colaboradores. Cuando procedamos de tal modo, ciertamente hará que triunfemos siempre en Cristo, y hará también manifiesto el conocimiento de Él mismo, por nuestro medio, en todo lugar. Gracias al Señor porque es poderoso para hacer tal cosa. Nunca digas, ni siquiera pienses que no puede hacerlo a través de ti. Puede. Lo hará, si no recibes su gracia en vano; si permites que la gracia reine; si cooperas juntamente con Él.

Es cierto que hay un misterio en cuanto a cómo puede ser esto así. Es un misterio el cómo puede Dios hacer manifiesto el conocimiento de sí mismo mediante personas como tú y yo, en todo lugar. Sin embargo, por misterioso que sea, es la pura verdad. ¿Acaso no creemos en los misterios de Dios? Ciertamente los creemos. Entonces no olvidemos nunca que el misterio de Dios es Dios manifestado en la carne. Y tú y yo somos carne. Por lo tanto, el misterio de Dios es Dios manifestado en ti y en mí, que creemos. Créelo.

Es necesario recordar, no obstante, que el misterio de Dios no es Dios manifestado en carne impecable, sino Dios manifestado en carne pecaminosa. No habría ningún misterio en que Dios se manifestase a sí mismo en carne impecable –sin ningún tipo de relación con el pecado. No habría ahí misterio. Pero que pueda manifestarse en carne lastrada por el pecado, y por todas las tendencias al pecado, tal como sucede con la nuestra, eso es un misterio. Sí, es el misterio de Dios. Y es un hecho glorioso. Gracias al Señor por ello. Créelo. Ante el mundo entero, y para el gozo de todos sus habitantes, demostró en Cristo Jesús que ese gran misterio es un hecho en la experiencia humana. "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él también participó de lo mismo". "Por lo cual, debía ser en todo semejante a los hermanos". Dios, por lo tanto, "al que no conoció pecado, hizo pecado por nosotros". "Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros". Así, en nuestra carne, tomando nuestra naturaleza lastrada con la iniquidad, y siendo Él mismo hecho pecado, Cristo Jesús vivió en este mundo, tentado en todo como nosotros; y sin embargo, Dios le hizo triunfar siempre, e hizo manifiesto el olor de su conocimiento, mediante Él, en todo lugar. Así, Dios fue manifestado en carne, en nuestra carne, en carne humana afectada por el pecado –hecho Él mismo pecado–, y débil y tentada como lo es la nuestra. El misterio de Dios fue así dado a conocer a todas las naciones para la obediencia a la fe. ¡Oh, créelo!

Ese es el misterio de Dios, hoy y por siempre: Dios manifestado en la carne, en carne humana, en carne agobiada por el pecado, tentada y probada. En esa carne, Dios hará manifiesto el conocimiento de sí mismo, allí donde haya un creyente. ¡Créelo y alaba su santo nombre!
Tal es el misterio que, en el mensaje del tercer ángel, debe darse hoy nuevamente a conocer a todas las naciones, para la obediencia de la fe. Ese es el misterio de Dios, que en estos días debe ser "consumado". No solamente consumado en el sentido de llegar a su término en relación al mundo, sino consumado en el sentido de alcanzar su plenitud en su gran obra en el creyente. Es tiempo de que el misterio de Dios sea consumado, en el sentido de que Dios tiene que ser manifestado en la carne de cada verdadero creyente, allí donde éste se encuentre. Esto equivale, de hecho y en verdad, a guardar los mandamientos de Dios y la fe de Jesús.

"Tened buen ánimo, yo he vencido al mundo" –he revelado a Dios en la carne. Nuestra fe es la victoria que vence al mundo. Entonces y ahora, "a Dios gracias, el cual hace que siempre triunfemos en Cristo Jesús, y manifiesta el olor de su conocimiento por nosotros en todo lugar".
Review and Herald, 29 setiembre 1896